A diez años de las revoluciones árabes

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El 17 de diciembre de 2010 un hecho trágico desató una tormenta social sin precedentes en el norte de África y Medio Oriente. Aquel día, Mohamed Buazizi, un joven vendedor ambulante de verduras, prendió fuego su cuerpo para protestar contra la confiscación de su pequeño puesto por parte de la policía de Sidi Bouzid, una ciudad del centro de Túnez. Este hecho, que en otro momento no habría traspasado las fronteras, fue la chispa que inició una revolución en Túnez y un colosal proceso de rebeliones en esa región que fue conocido como la “primavera” o revolución árabe.

Escribe Adolfo Santos

El suicidio de Buazizi causó una indignación generalizada que evidenció una necesidad reprimida de manifestarse contra el régimen dictatorial de Ben Ali. Las manifestaciones populares comenzaron localmente y en pocos días se extendieron a todo el país hasta llegar a la capital. La dictadura, elogiada por los organismos financieros internacionales y los grandes empresarios franceses y alemanes que instalaban allí sus fábricas para aprovecharse de las exenciones impositivas y de la mano de obra barata, fue repudiada por las masas populares movilizadas.

La irrupción de los trabajadores en ese proceso fue fundamental para asestarle un golpe mortal al régimen. Delegaciones regionales, por fuera de la cúpula de la Unión General de Trabajadores Tunecinos (UGTT), protagonizaron un papel decisivo conduciendo a miles de jóvenes trabajadores y trabajadoras con salarios miserables a unirse a la revolución. Fueron estos batallones obreros que enfrentaron a la policía, atacaron las residencias de los familiares del dictador, incendiaron comisarías y acabaron venciendo.

Se organizaron comités de defensa de la revolución, encargados de la seguridad, de la distribución de alimentos y de convocar a nuevas manifestaciones. Millares de efectivos de las fuerzas policiales comenzaron a unirse a las protestas. Desesperado, Ben Ali prometió, sin éxito, democratizar el régimen y crear 300.000 puestos de trabajo. Desde las bases de la UGTT surgió una poderosa huelga general que paralizó el país. Fue el golpe definitivo. El 14 de enero de 2011 Ben Ali huyó a Arabia Saudita.

Lo sucedió un gobierno formado por ex integrantes del viejo régimen y algunos opositores. Las masas exigieron la salida de los ex funcionarios, mientras que comités de defensa se iban constituyendo en diversas localidades destituyendo a las viejas autoridades e imponiendo nuevas estructuras provisorias. Una movilización revolucionaria acabó con el régimen dictatorial. Triunfó una revolución democrática que, por la falta de una dirección socialista revolucionaria, no pudo avanzar a un gobierno de las y los trabajadores y los sectores populares.


Se extiende la revolución

Pero Túnez no era una excepción. Era la expresión de una rebelión que se extendería a toda la región del Magreb y el Medio Oriente contra antiguas dictaduras y una situación de miseria insostenible. Además, significó un golpe a la dominación y explotación imperialista yanqui y europea en la región que habían sostenido por años esos regímenes corruptos. En 2010 se produjeron protestas del pueblo saharaui, en el Sahara Occidental ocupado por Marruecos, que fueron violentamente reprimidas con el apoyo del gobierno español. Pero en 2011 una serie de levantamientos populares derribaron o colocaron en jaque a los regímenes de Egipto, Libia, Siria y Yemen, entre otros.

Un capítulo destacado fue el de la revolución egipcia, que acabó con la dictadura proimperialista de Hosni Mubarak. Esa fortaleza comenzó a derretirse el 25 de enero. Cansados de la represión y de una situación económica desastrosa provocada por una política de ajuste, de privatizaciones y de flexibilización laboral impulsada desde el FMI, amplios sectores de masas comenzaron a movilizarse ocupando la estratégica plaza Tahir.

El gobierno ordenó la represión policial, pero no consiguió desalojar la plaza, convertida en un verdadero cuartel general de la revolución. Entonces Mubarak echó mano de sus partidarios a sueldo, que organizaron un feroz ataque con bandas armadas que hasta utilizaron camellos y, en una verdadera batalla campal, conocida como “la batalla de los camellos”, fueron rechazados por los ocupantes, decididos a no salir de la plaza hasta derrocar al gobierno.

Con todo, Mubarak no caía. El hecho decisivo para su derrota fue la entrada en escena del movimiento obrero. Desde las fábricas de Alexandria y del delta del Nilo, pasando por la región de Suez y llegando a El Cairo, fue creciendo un movimiento huelguístico que paralizó la economía del país. Acorralado, el 11 de febrero Mubarak se vio obligado a renunciar después de treinta años en el gobierno. Era el fin de un régimen odiado. La plaza Tahir estalló de alegría.

Un nuevo gobierno capitalista de transición asumió con la ayuda del imperialismo y de los partidos de oposición, como la Hermandad Musulmana. Apoyados en las esperanzas democráticas de las masas y la ausencia de una dirección revolucionaria, aprovecharon para desviar el proceso con el argumento de que “la revolución ya terminó, ahora debemos volver a trabajar para sacar el país adelante y los problemas se resolverán con la democracia”. Las movilizaciones y los reclamos continuaron, sin embargo consiguieron desarmar el proceso e inclusive hacerlo retroceder.

Lo mismo sucedió en otros países de la región donde la revolución se estancó, como en Libia, o sufrió una grave derrota como en Siria, donde el genocida de Bashar Al Assad fue apoyado militarmente por Rusia e Irán y contó con la colaboración de los Estados Unidos.

Pero diez años después el proceso revolucionario, con sus contradicciones, sigue vigente, como lo muestran las reiteradas protestas en Túnez o las rebeliones populares en Argelia, Sudán y Líbano.


El proceso revolucionario sigue vigente

El saldo de esa oleada revolucionaria que conmovió el mundo árabe a partir de 2010 es positivo. Con desigualdades, fueron revoluciones democráticas en la medida en que derrocaron viejos regímenes dictatoriales corruptos sostenidos por el imperialismo. También fueron objetivamente anticapitalistas al cuestionar los planes de ajuste, la miseria y la desigualdad social. Si no avanzaron no fue porque su propósito era simplemente conquistar la democracia, sino porque no se consolidaron direcciones políticas revolucionarias capaces de ofrecer un programa para disputar el poder y avanzar a gobiernos de la clase trabajadora y los sectores populares.

Con altibajos, las movilizaciones no han dejado de suceder en la región, lo que demuestra que el proceso continúa vigente. En enero de 2019 asistimos a una revolución popular en Argelia contra el régimen encabezado por Abdelaziz Boutheflika, y si bien el régimen no cayó se vieron obligados a desplazar a Boutheflika, que gobernaba desde 1999. Antes de eso hubo una rebelión popular contra la dictadura en Sudán. Se retomaron las movilizaciones en Egipto contra el gobierno dictatorial del general Al-Sisi y en Túnez las luchas nunca cesaron.

En Líbano asistimos, en octubre de 2019, a la “revolución del whatsapp”, donde miles de trabajadores, jóvenes y mujeres salieron a las calles protestando contra la tarifa de ese servicio y acabaron cuestionando al gobierno y las negociaciones con el FMI, obligando a renunciar al primer ministro. En Irak se produjo una masiva revuelta contra las políticas capitalistas del primer ministro Adil Abdul-Mahdi, que fue duramente reprimida, pero que obligó al gobierno a hacer concesiones.

Pasados diez años, la revolución árabe continúa en pie. Seguiremos apoyando estas heroicas luchas. En ese proceso apostamos al surgimiento de nuevas direcciones políticas y sindicales que se doten de un programa para disputar el poder e impulsar gobiernos de las y los trabajadores y los sectores populares.

 

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