¿Qué busca Trump en su conflicto con China?

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April 25 2019 in Dongguan near Shenzhen China

¿Qué busca Trump en su conflicto con China?

La llamada “guerra comercial” desatada por Trump contra China abre toda una serie de interrogantes y de debates. ¿Cuál es la magnitud real de este conflicto? ¿Es esencialmente una “guerra” por la tecnología? ¿O es una especie de “guerra fría” de los EE.UU. para evitar que China, en pocos años, pase a ser la potencia capitalista dominante del mundo? ¿China estaría siendo “agredida” por el imperialismo?

Miguel Sorans, dirigente de Izquierda Socialista -FIT de Argentina y de la UIT-CI. Revista Correspondencia Internacional N° 43. Agosto 2019.

Algunos autores de la izquierda llegan a decir que Trump y los Estados Unidos solo podrían imponerse sobre China usando la fuerza militar. También desde ciertos sectores de la izquierda reformista (ex estalinistas, castrismo o chavismo) consideran que habría algo de “progresivo” en este choque, a favor de China que supuestamente buscaría “un mundo multipolar” debilitando al imperialismo yanqui.

Desde nuestra corriente socialista descartamos toda visión apocalíptica como que se pudiera tratar de un choque irreconciliable que hasta podría acercarnos a una tercera guerra mundial. Como tampoco consideramos que pueda haber algo de progresivo de parte de China. Consideramos que la llamada “guerra comercial” entre EE.UU. y China es una parte, lógicamente la más destacada, de todos los roces y choques inter burgueses que se han agudizado en el mundo, fruto de la continuación de la crisis económica mundial capitalista abierta en 2007/2008. En este caso es un fuerte choque entre intereses económicos de la potencia imperialista dominante (Estados Unidos) y la segunda potencia capitalista en crecimiento (China).

Trump y sus “guerras comerciales”

La crisis capitalista es global y es el trasfondo de estos choques económicos o comerciales. Por eso no existe solo una “guerra económica” con China, sino que Trump ha lanzando diversas “guerras comerciales”. Comenzó, en el 2018, con la Unión Europea (UE) y Canadá imponiendo fuertes aranceles a la importación de acero y aluminio como de otros productos industriales desde esos países, para cumplir con su consigna electoral de “primero América”. Luego fue contra México para obligarlo a establecer un nuevo tratado de libre comercio. En julio lanzó otra “guerra” amenazando al presidente Macron con aplicar sanciones al vino francés, si no retrocedía con la llamada “tasa Google”, un impuesto a las empresas multinacionales norteamericanas (Amazon, Google, Apple y Facebook) que facturan en Francia por arriba de los 750 millones de euros anuales. Trump asume la defensa de las ganancias de sus multinacionales en Francia y en mundo. Como también avala al conservador Boris Jonhson, premier del Reino Unido, que quiere avanzar sí o sí con el Brexit, o sea con la ruptura con la UE, otra de las “guerras” comerciales en curso.

Trump está desarrollando una pelea por la defensa de los intereses del imperialismo yanqui en medio de una brutal crisis del sistema capitalista-imperialista. Busca defender a sus multinacionales y tratar de equilibrar sus debilidades en el mercado mundial. Amenaza con el garrote para terminar con la zanahoria de la negociación.

Esta no recuperación de la crisis hasta la ratifican los datos y prevenciones del propio FMI. En su informe “Perspectiva de la Economía Mundial” dice: “En el contexto internacional, el FMI también fue pesimista: bajó en una décima sus previsiones de crecimiento global para el 2019, hasta el 3,2 % (…) el crecimiento proyectado para el 2020 es precario” (Datos Clarín, Argentina, 27 de julio). China ya hace años ha dejado de crecer a dos dígitos: su crecimiento anual está entre el 6 y el 6,2%.

Las causas de fondo de la no recuperación de la crisis aguda de la economía capitalista se deben a que el imperialismo y el conjunto de las multinacionales y el FMI, no logran imponer las cuotas que necesitarían de explotación y saqueo sobre las masas y los países. El otro polo de la situación mundial es el avance de las rebeliones populares y los movimientos de masas contra los ajustes, contra los gobiernos y regímenes. Esta es la traba principal que tienen Trump, la dictadura capitalista del Partido Comunista en China y las multinacionales en todo el planeta para poder superar la crisis crónica en la están sumidos.

¿Qué busca Trump en su conflicto con China?

Hay quienes dicen que el trasfondo del objetivo de Trump en su “guerra económica” con China sería evitar que, en pocos años, ésta pase a ser la potencia capitalista dominante, desplazando a los EE.UU. Son muchos los analistas que coinciden con esta visión.

Nosotros descartamos que ese sea el objetivo de Trump. Porque, por ahora, no existe ninguna condición para que, en los próximos años, China pudiera llegar a ser una potencia superior a los Estados Unidos y a su vez, la dominante del mundo.

Estados Unidos, pese a su crisis, sigue siendo de lejos la primera potencia mundial. Es el imperialismo hegemónico y dominante. Es real que China ha ido progresando en los últimos años y está ocupando el segundo lugar, detrás de los Estados Unidos, en el PBI (Producto Bruto Interno, el total de lo producido en un país) mundial. También es real que China en los últimos años desplazó a Japón y a Alemania del segundo y tercer lugar, respectivamente. En el 2008 señalábamos que China era la séptima potencia económica mundial, hoy es la segunda (ver Nota de Correspondencia Internacional N°25. Febrero 2008. www.uit-ci.org). Y no se puede descartar que, en las próximas décadas, China pueda llegar a superar a EE.UU. en el PBI. Pero no se mide solo por el PBI una potencia dominante en el mundo.

Respecto al PBI hay que tomar la peculiaridad de lo que es China. Se trata del país con la mayor población del planeta, con 1400 millones de habitantes. Los Estados Unidos tienen 327 millones. La población de China es el 20% del total mundial. Eso le da una potencialidad productiva excepcional. Pero, en los demás rubros, está claro que Estados Unidos está cómodamente por sobre China y el resto de los países del mundo. Basta con comparar, por ejemplo, el ingreso per cápita en 2018: mientras en los Estados Unidos fue de 62.850 dólares, en China fue de 9.470 dólares. Inferior, incluso, al de países más atrasados como la Argentina, que estuvo en 12.370 dólares. También si comparamos el poderío militar, la diferencia es abismal. En el ranking de las 100 más grandes empresas multinacionales del mundo, 53 son de Estados Unidos y 11 de China. Y así podríamos seguir con otros números.

En realidad Trump busca, reflejando la crisis y decadencia del imperialismo norteamericano, frenar a China para favorecer a sus multinacionales y su capital financiero. Por eso, también, lanzó una ofensiva contra las grandes multinacionales del imperialismo europeo y Canadá, para llegar a acuerdos a favor de sus empresas.

En el caso peculiar de China, Trump presiona para lograr una mayor apertura de la que ya existe desde hace muchos años en ese país, para las multinacionales y el capital financiero norteamericano. Y condicionar los reconocidos avances tecnológicos chinos en el rubro de la telefonía móvil. Pero siempre en función de limitar la competencia de las multinacionales chinas con las yanquis. Por la herencia de la expropiación de la burguesía en la revolución de 1949 todavía tienen un gran peso las empresas y bancos estatales. El sistema financiero chino todavía tiene un alto predomino estatal y mixto. Según las actuales normas un banco, por ejemplo, no puede tener mayoría accionaria extranjera. “Hoy las firmas extranjeras tienen menos del 2% de los activos del sector bancario” (La Nación, Argentina, 11/7/19). Esto Trump y el imperialismo europeo quieren cambiarlo. Además, “China tiene unas 150.000 empresas estatales. Es una cantidad ínfima en comparación con el total de compañías que existen en el país, pero su peso es abrumador” (El País, sección Negocios, 28-5-19).

Y en esto el imperialismo ha logrado avances. China en varias oportunidades ha ido retrocediendo y pactando ante las presiones yanquis. El presidente Xi Jinping, por ejemplo, en abril de 2018, en medio de la llamada “guerra económica”, hizo un anuncio de una mayor apertura de inversiones extranjeras. Entre sus puntos más sobresalientes señala que, habrá “una mayoría inmediata de capital extranjero en las compañías bursátiles de China, y se eliminan en 3 años todo tipo de restricción a la inversión extranjera” (nota del analista Jorge Castro, Clarín, Argentina, 15/04/2018), que arrancaría en la manufactura. Anunció también una apertura de las regulaciones en las telecomunicaciones, y que no habría ya ninguna restricción para la inversión extranjera en la salud privada. Lo mismo en educación, sobre la base de que, en China, ya son 14 las universidades privadas, entre ellas una sucursal de Harvard.

Estas son las cosas que busca el imperialismo. Esa es la esencia de la supuesta “guerra económica” y no un enfrentamiento de fondo o una ruptura total con la dictadura china.

China ¿Enemigo irreconciliable de Estados Unidos o aliado capitalista estratégico?2019062906074213725

Los hechos muestran que China no es un enemigo irreconciliable de Estados Unidos si no que, en primer lugar, ha crecido como potencia capitalista de la mano de una gran inyección de inversión extranjera directa y en especial de las multinacionales norteamericanas.

En segundo lugar, la dictadura del Partido Comunista de China es esencialmente un aliado de los Estados Unidos en un punto clave: la necesidad de seguir explotando a la clase trabajadora mundial. Y en particular al proletariado y al pueblo chinos, para dar las mayores cuotas de explotación que garanticen las súper ganancias de las multinacionales y de la banca internacional. Por eso también en los países que China hace inversiones en obras de infraestructuras o de minería, trasladan ese régimen de superexplotación. Régimen que es avalado por los gobiernos capitalistas de América Latina, África y Asia.

Estados Unidos, la UE, China y Japón forma parte, de hecho, de un frente contrarrevolucionario contra las masas del mundo para súper explotarlas. Eso se refleja, también, en la superestructura institucional, en eventos como el G7, el G20, en la asamblea general de las Naciones Unidas, en el FMI, en la Organización Mundial del Comercio (que China integra hace décadas, confirmando que son ya una economía capitalista). En esos eventos se pacta y acuerdan los planes de explotación y saqueo a los pueblos para tratar de salir de la crisis que tienen las grandes potencias.

El otro gran punto de acuerdo entre los Estados Unidos y China, también con la Unión Europea, el Vaticano y Japón, es el apoyo irrestricto a la dictadura del Partido Comunista chino. Para ellos es una garantía de estabilidad para continuar con sus planes de súper explotación para sus multinacionales como para toda empresa capitalista instalada en China.

Todo esto no significa que, como gran país capitalista y sostenedor de una burguesía propia china, no tenga sus roces o choques y disputas económicas en el marco de una crisis global del capitalismo. Indudablemente, el régimen encabezado por Xi Jinping defiende los intereses de una gran burguesía china que se ha ido formando en el proceso de restauración capitalista de las últimas décadas. Entre ellos grupos multinacionales privados como Alibaba, Lenovo, Huawei o ZTE.

Trump y sus contradicciones con la “guerra económica”

Las idas y venidas de Trump en sus “guerras económicas” muestran la debilidad del imperialismo. En el caso de China llevó a que se produzca una división en la propia gran burguesía de los Estados Unidos y los grandes grupos económicos ligados al comercio exterior y sus multinacionales.

China respondió a los aranceles de Trump con fuertes aranceles a la importación de soja estadounidense. Ante ellos crecieron los reclamos a Trump de los grandes productores de soja. Lo que derivó en que el gobierno de Trump debiera conceder un paquete de ayuda al sector agrícola de “16 mil millones de dólares con el fin de paliar los efectos de la disputa comercial con China” (Clarín, 28/4/2019). Algo similar ocurrió con otras multinacionales yanquis que producen en China y exportan a EE.UU.

Por ejemplo, “más de 170 compañías, incluidas las multinacionales Nike y Adidas, reclamaron a Trump que elimine el calzado de la lista de productos chinos, cuyas importaciones al país podrían verse afectado con aranceles del 25%” (Clarín, idem).

Conflicto con Huawei

En gran parte del 2019 el centro del conflicto desatados por Trump estuvo ligado a la empresa de celulares Huawei, primera empresa china de teléfonos celulares. Huawei es la segunda empresa mundial en venta de celulares, después de la surcoreana Samsung. Este conflicto también muestra las contradicciones en la que están sumergidos Trump, y la propia China.

Hay quienes dicen que se trata de una guerra por “el dominio de la tecnología”. Y que China podría poner en peligro la supremacía tecnológica de EE.UU. Consideramos que también en esto existen exageraciones. Incluso usadas por el propio Trump, que llegó a acusar a Huawei de “poner en peligro la seguridad nacional”, “espiando”, etc.

No se puede negar los avances tecnológicos de la China capitalista. Y que en algunos aspectos puntuales se ha acercado o superado a los Estados Unidos, Uno de esos aspectos es la cuestión de telefonía móvil y el 5G. Pero no es real que China esté cerca de superar a los Estados Unidos en la cuestión tecnológica global. Como tampoco es cierto que Huawei sea la única que domina la técnica del 5G. Son cinco las compañías que desarrollan 5G, entre ellas las chinas Huawei y ZTE. Pero también están avanzadas la surcoreana Samsung, la sueca Ericson y la finlandesa Nokia.

Entonces, hay que reconocer que China ha progresado en los últimos años en desarrollo tecnológico, pero se trata de un desarrollo desigual, ya que no puede llegar al mismo nivel que tienen los Estados Unidos. China tiene la ventaja del atraso, entonces ha hecho una gran inversión concentrada y ha avanzado sí en telefonía móvil, ha dado pasos también en el ciber espacio o robótica, pero de conjunto está muy por detrás de los Estados Unidos.

El analista internacional Jorge Castro, admirador de Trump y del régimen chino, reconoce la desigualdad abismal en tecnología entre Estados Unidos y China. Castro señala que “[Estados Unidos supera a China 10 a 1] en la investigación básica de inteligencia artificial, y su pool de talentos alcanza 850 mil investigadores, mientras son 50 mil los de la República Popular” (Clarín, 21/3/19).

El mismo ejemplo de Huawei, y más allá de su potencial reconocido mundialmente, muestra que no tiene una independencia tecnológica respecto de los Estados Unidos. Por el contrario, China depende bastante de los componentes norteamericanos para montar sus celulares, Por ejemplo, “los chips y el software norteamericano alimentan a los servidores centrales chinos. De hecho, China ha sido un enorme impulsor de los ingresos de Apple, Orancle, Intel, Qualcomm y otros grandes nombres de la tecnología. Y en gran medida, China no tenía opción ya que no tenía la capacidad para producir estos componentes” (La Nación, Argentina, 21/5/19).

Hay una interrelación, ya que estas multinacionales norteamericanas tienen como gran comprador a Huawei, ZTE y otras empresas chinas para los componentes de sus celulares. Entonces hay una integración productiva, una unidad entre los Estados Unidos y China, no una independencia. Huawei depende de los Estados Unidos y a su vez la norteamericana Apple, de su fábrica de china. Por ejemplo, la empresa estadounidense Broadcomm que fabrica chips prevé una caída de 2 mil millones de dólares en sus ingresos de 2019, por la política de Trump. De allí que en junio más de 500 empresas de Estados Unidos pidieron a través de una carta a Trump, que frene la llamada “guerra comercial”. Entre esas empresas que firmaron están Walmart, Levi, GAP y otras 650 entidades norteamericanas (datos Clarín, 15-6-19). Por eso en la reunión del G20 de fines de junio en Japón, Trump tuvo que sentarse con Xi Jinping y establecer una tregua por el conflicto de Huawei, lo que se puede llamar la “tregua de Osaka”.

Desde ya que seguirá habiendo nuevos choques y roces entre los Estados Unidos y China y sus empresas, pero el marco real tanto de parte de Trump como de Xi Jinping es la búsqueda de acuerdos entre Estados Unidos y la dictadura China, para equilibrar los negocios comunes.

El futuro de China como potencia capitalista

La perspectiva y el resultado del desarrollo económico que pueda tener China en los próximos años, está estrechamente unido no solo a cuestiones económicas y de pactos con las multinacionales y los Estados Unidos, sino unida a la lucha de clases en China y el mundo.

Justamente este factor es negado por la mayor parte de los analistas internacionales. Desde siempre se ha hablado del “milagro chino” como una demostración de progreso que puede dar el capitalismo. Hubo un factor que fue la inédita invasión de inversiones extranjeras en los últimos 20-30 años. Pero el “milagro chino”, esencialmente, se basa en la superexplotación de millones de trabajadoras y trabajadores en China que, con salarios en dólares 30 o 40 veces inferiores a lo de las metrópolis. Lo que ha permitido una acumulación capitalista, un enriquecimiento y una ganancia espectacular de las multinacionales y de la propia nueva burguesía china que fue surgiendo al calor de la apertura al capitalismo.

La realidad de China muestra que el capitalismo como gran “progreso” y modernidad, está limitado a una clase alta y media, un sector de 300 o 400 millones. Franja que incluye no solo a los nuevos oligarcas y empresarios chinos, sino a toda la burocracia del aparato político y militar del PC chino. Pero China es un país de 1400 millones de habitantes. Por lo cual existe una desigualdad como no se conoce en otros países. Hay más de 1000 millones que tienen una tremenda desigualdad de salarios. En las zonas rurales la mitad de la población tiene salarios de pobreza total. 82 millones que viven debajo de la línea de pobreza (datos Banco Mundial 2018), centenares de millones sufren la baja en el nivel de asistencia a la salud y la educación y, fundamentalmente, centenares de millones cobran salarios de hambre.

China es una gran potencia capitalista, un sub imperialismo conducido por una dictadura estalinista burguesa. Se ha construido como gran potencia sobre esas bases de súper explotación. Entonces su futuro está ligado al resultado de la lucha de clases. Justamente la desaceleración o estancamiento económico que está viviendo China, no solo tiene que ver con el problema de la crisis global, sino que al interior de China se ha producido un cambio salarial por el desarrollo de las huelgas desde hace años.

En los grandes centros industriales de las ciudades de la costa crecieron las huelgas “ofensivas” por aumento salarial desde 2010. Al compás de las protestas obreras, crecieron los salarios porque la dictadura y la burguesía tuvieron que dar concesiones para evitar una desestabilización social a la que temen. El triunfo de la huelga de los trabajadores de Honda en Guangdong, que lograron un 50% de aumento, fue un ejemplo que se fue repitiendo en las zonas industriales. Se calcula que el salario mínimo industrial en Guangdong está en 287 dólares (dato 2018), aún muy bajo en comparación al salario de un trabajador en las grandes metrópolis. Pero superior a los 60 o 70 dólares que recibían desde los 80-90 del siglo anterior. Esto llevó a que algunas multinacionales menores se mudaron a otros países donde los costos laborales son más bajos como Vietnam, Camboya o Bangladesh.

Entonces el futuro de China está muy ligado al resultado de esta confrontación social. Las huelgas que se siguen desarrollando cada año (2018 aumento en 400 protestas respecto a 2017), combinado con la rebelión de centenares de miles en Hong Kong por los derechos democráticos, están poniendo una luz amarilla de alerta. No solo para la dictadura china sino para las propias multinacionales y el imperialismo, porque una desestabilización social en China provocaría cambios fundamentales en el país y en la situación mundial. El “milagro chino” podría tropezar o dejar de serlo, porque es evidente que el régimen dictatorial de China está montado sobre una olla a presión, que en algún momento puede terminar saltando.

Nosotros como socialistas revolucionarios apostamos al apoyo a las luchas de la clase trabajadora y la juventud de China. Confiamos en esa movilización para terminar con la dictadura capitalista y lograr un gobierno de los trabajadores y el pueblo. Y que los antecedentes revolucionarios de la revolución socialista iniciada en 1949 con la expropiación de la burguesía, puedan ser retomados por el movimiento de masas chino en el siglo XXI, para revertir la restauración capitalista.
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